Muchísimas veces estoy consciente de que agobio y hasta canso mucho a todos los seguidores que tengo en mis redes sociales, así como también los que ven los programas de televisión o escuchan el programa de radio y por supuesto los que compran el semanario El Bocón en un kiosco.

Estoy consciente de que es muy cansador enterarse de tantas verdades, como las que permanentemente les estoy enviando a todos los suscriptores de mis productos periodísticos.

Les confieso que hasta a mí personalmente me ocurre muchas veces, que me siento absolutamente agobiado por las circunstancias que vivimos los uruguayos.

También recibo en infinidad de oportunidades algunos mensajes que me piden que no solo haga denuncias y destape tarros sucios del sistema político, pretendiendo que además a cada denuncia que hago, adjunte una posible solución.

Incluso otros quizás más drásticos, me dicen que las denuncias no las haga más a través de los medios de comunicación que dirijo y que vaya a la Justicia a presentar denuncias penales.

Les voy a contestar con absoluta sinceridad ambas preguntas que muchas veces me hacen, ante esta catarata de ejemplos de casos de corrupción, despilfarros y la cantidad enorme de privilegios que permanentemente dejamos en evidencia.

Hay una solución a la gran mayoría de los males que nos aquejan y no voy a caer en la tentación de decirles que podría ser poner en un paredón a la mayoría de los políticos responsables de condenar a la mayoría del pueblo uruguayo a la peor de las pobrezas y las depresiones.

Voy a decir claramente y espero poder explicarlo en forma sencilla para que todos ustedes lo puedan comprender, qué es lo que se tiene que hacer para cambiar esta triste realidad.

El principal problema que tenemos es el alto costo del Estado uruguayo y les voy a detallar de qué se trata.

Los distintos Gobiernos que hemos tenido a lo largo de los últimos 70 años, han administrado el dinero público en forma absolutamente irresponsable en la mayoría de los casos y delictiva en otra parte de ellos.

A ninguno le importó sumar decenas de miles de uruguayos al rubro de funcionario público, cuando era absolutamente innecesario que esto ocurriera. La gran mayoría de los funcionarios  públicos en el Uruguay han sido ingresados simplemente por la voluntad política de los gobiernos de turno.

Los gastos que tiene el Estado son absolutamente delictivos, sería imposible de enumerar rubro por rubro todos los que exceden absolutamente lo necesario, pero tengan seguridad de que en cada piedra que levantamos en una oficina estatal, aparece invariablemente el cangrejo de la corrupción, el amiguismo, los privilegios, los salarios enormemente desproporcionados para el país en que vivimos.

Si hubiera voluntad política para bajar los costos del Estado, no tomar un solo funcionario público más, ni tampoco reponer a aquellos que se jubilan o que fallecen, si cuidáramos con una economía de guerra a cada piso que se gasta y si elimináramos de raíz el cáncer del sistema político profesional, con todo ese entretejido de corrupción, que parece natural pero simplemente se trata de una impunidad mayúscula, con la justicia durmiendo la siesta y los fiscales mirando para otro lado, tengan ustedes la absoluta certeza de que sobrarían cientos de miles de millones de dólares, los cuales podrían ser usados para bajar inmediatamente los altísimos impuestos que nos colocan para poder recaudar y pagar el presupuesto del Estado uruguayo hoy, retiro, absolutamente delictivo.

Se podrían bajar los costos de los combustibles, las tarifas de energía eléctrica, e infinidad de costos que significarían inmediatamente un indirecto aumento de salarios para todos los uruguayos.

Se podrían aumentar las magras jubilaciones de hambre y por supuesto que el salario mínimo nacional podría aumentar hasta hacerlo absolutamente beneficioso para los trabajadores.

Este es un tema de plata, de dinero y solamente lo puede cambiar una situación de presión social por parte del pueblo uruguayo que incite a esa voluntad política que hemos mencionado invariablemente en cada una de nuestras expresiones públicas.

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